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Las propiedades cementantes de la cal se han utilizado en las pirámides de Egipto y en la gran Muralla China.

Actualmente las mezclas a base de cal se utilizan en:

La construcción, tanto en los ladrillos de silicato de calcio (por sus propiedades aislantes térmicas y acústicas), como en la elaboración de ladrillos refractarios (para fundiciones y hornos cementeros).

La agricultura, pues, se regula la acidez del suelo con calcio y magnesio.

Las aguas residuales ácidas, ya que pueden ser tratadas con cal, antes de reciclarlas o desecharlas.

La industria química, debido a que, gracias a la cal, se produce óxido de propileno, carbonato de sodio y glicerina.

La ingeniería, pues, utiliza la cal para secar suelos húmedos, y mejorar los suelos arcillosos.

La captura de desechos gaseosos producidos por procesos industriales, como el ácido clorhídrico (HCL), el dióxido de azufre (SO 2), así como metales pesados.

La mejora de la resistencia del vidrio al medio ambiente y a los ataques químicos.

En la fabricación de papel como aditivo, pues realza su blancura y textura.

La industria alimentaria, que utiliza la cal hidratada para absorber el dióxido de carbono, que exudan las frutas y los vegetales, en las cámaras de refrigeración, facilitando un ambiente rico en oxígeno que permite su conservación en períodos más largos. También se utiliza para los dulces, bebidas de soja, refrescos, queso, yogurt, nieve, cremas, cerveza, chicles, alimentos ganaderos, como agente bactericida y regulador del Ph en la camaronicultura, etc…

Para la minería, en el proceso de flotación del cobre y en las extracciones de mercurio, zinc, níquel, oro, platino y plomo.

Medicina, como antiácido y para tratar las quemaduras.

Las fabricas de plásticos, fibra óptica, de vidrio, pintura, espumas, desinfectantes, lavados de ropa blanca y curtido de pieles.

La caliza se comenzó a formar en los océanos, pues, los primeros organismos encontraron en el carbonato cálcico un elemento necesario para su metabolismo y sirvió en estructuras de esqueletos, conchas y dientes. Durante cientos de millones de años, con la muerte de estos organismos, se formó el calcio con la presión de los sedimentos que los cubrían. Los movimientos de la corteza terrestre han hecho que parte de la caliza emerja a la superficie y ahora la podamos contemplar en tantos parajes, como los de nuestro pueblo.

La caliza se ha extraído en nuestro pueblo en canteras a cielo abierto. La extracción era manual, para fragmentar la piedra utilizaban el pico, el porro y la porra. Hace unos treinta años utilizaron barrenos, pero últimamente se utiliza la retroexcavadora.

Para el transporte utilizaban los burros con serones, que cargaban ayudados de carrillos de manos y palas. Últimamente emplean camiones.

Una vez extraída la piedra caliza se introducía en las caleras, hornos especiales que se ubican en las afueras del pueblo para evitar los molestos humos. En el “llano de la calera” se ubica la calera, y se disponen espacios para la piedra caliza, para la leña, para el monte bajo, la cal de obra y la de blanqueo.

Las caleras están hechas de piedra unidas por barro realizado con tierra arcillosa o tierra sangre de toro. Contienen dos cámaras.

 

La inferior es la “caldera”, donde se quemaba la leña utilizando horquillas, es un cilindro excavado en la tierra, de 2 m. de diámetro por 1 m. de altura aproximadamente, se llena de varetas, monte bajo y leña. De su centro parte el “caño” (con cuatro agujeros laterales) que lo comunica con el exterior por una pequeña galería y permite la entrada de aire. A veces se le dejan dos entradas de aire con dos galerías. Se prende por la “puerta” de la calera, que es la parte baja del rectángulo de entrada y está franqueada por dos rocas laterales llamadas “marranos” (hay que reponerlos cada vez que se quema una calera).

La superior es otro cilindro (recubierto de ladrillos unidos por barro o enfoscado de barro) de aproximadamente, 2.30 m. de diámetro de la base por 2.30 de altura. Este ensanchamiento, con respecto a la caldera, se debe a un “pretil” circular –de ladrillo- de unos 15 cm., que es desde donde se comienza a “cargar” la calera, con una hilera de piedras calizas pequeñas, primero de izquierda a derecha y luego, turnándose, de derecha a izquierda, así cada vez las piedras que se van colocando, pueden ir siendo mayores, y van buscando cerrar el círculo de la calera. Cuando se cierra, se ha llegado a unos 20 cm del “ribete” – borde circular superior de la calera, soporte de la posible techumbre de la calera- El aspecto final de las piedras calizas colocadas para su transformación, es de una bóveda. La carga se hace por el “pecho” de la calera- es la parte alta del rectángulo de entrada, y se completa o “remata” por la “boca de atrás” de la calera –rectángulo de 50 por 60 de alto, que corta el ribete en la parte opuesta al pecho de la calera.

Exteriormente la forma de la calera es troncocónica, debido a que el “pilar”- muro que rodea a la calera- en su base tiene un grosor de unos 2.60 m. y a la altura del ribete se ha estrechado a 50 cm.

La calcinación debe hacerse sin lluvia, pues, si se moja, se queda la cal cruda y la bóveda se desploma. Con el tiempo bueno, se calcina a 800º ó 900º y, se produce en unas 24 horas, cuando ya no sale más humo oscuro entre las piedras (pérdida del dióxido de carbono) y comienza a salir blanco y la bóveda se ha aplanado por la pérdida de agua de la piedra, queda el óxido de calcio, CaO ó sea, cal viva o cal caústica. Se le quita el pecho a la calera y se saca la cal, seleccionando los “chinos”- piedras más pesadas por sus impurezas, luego serán cal de obra- y cal blanca, que se mete en sacos y quedará a la espera de ser apagada. Si los chinos, por descuido, se echan en los sacos con la cal blanca, crujen y la estropean. También se vende la cal molida “azogá”, para tratamientos fitosanitarios a olivos y para verter en su vuelo cuando se les cae la hoja.

Para quemar hay que pedir permiso en el Ayuntamiento.

Las caleras medias preparan unos 12.000 Kg. de caliza, que dan lugar a unos 10.000 Kg de cal. Hay caleras de hasta 40.000 Kg. Se vende por sacos de unos 25 ó 50 Kg. a partir de 10 euros/saco.

El apagado consiste en agregar agua para hidratar el óxido de calcio. El proceso de apagado consiste en:

Colocamos los terrones de cal viva en una tinaja, pileta o recipiente.

Se añade agua y se agita con un palo o rastrillo, que ayuda a deshacer los terrones.

Se deja reposar la pasta cubierta con agua par que no se endurezca.

La cal hidratada estará lista en seis días o si está seca, hasta que aparezcan grietas de 1cm. Este hidróxido de calcio, se vende como cal apagada o cal muerta; su peso específico es de 2.30 gr/cm 3 y su peso volumétrico es de 500 a 700 k/m3.

La explotación de la caliza, como mortero, en nuestro pueblo se remonta a los primeros asentamientos romanos. No hay datos fiables, de la fecha del inicio del encalado o blanqueo de muros y fachadas construidos con adobes, tapial, mampostería o ladrillo.

Las caleras se encuentran repartidas por toda la geografía de nuestro pueblo. Donde hay más y están las más antiguas, es en Almenara, me comentan que siempre, sus propietarios, han dejado de entrar a los caleros y les han permitido la explotación de caleras. También hay bastantes en el Santo, en el Collado, en el Turuñuelo…

Enumero las variedades de piedra caliza de nuestro pueblo:

Almendrilla.- Sale de la cantera en láminas planas, puja mucho al apagarla, la extraemos del Collado y es muy blanca.

Tosca.- Sale de la cantera redondeada, no puja al apagarse, la podemos extraer en el Turuñuelo, tiene mucho alcohol, es más desinfectante aún que las otras variedades y es muy blanca, la consideran la mejor.

Jabaluna.- Crepita fuerte cuando se quema, la encontramos en el Santo – tiene mucho azufre- y en la Cueva, puja al apagarse.

Arenosa.- Cuando se quema, se derrumba la bóveda, con esa cal se puede hacer mortero sin arena- la tiene ya incorporada-. Hay por todo el término.

Actualmente se utilizan piedras calizas de la finca del Cordobés, donde encontramos de todas las variedades y las del Turruñuelo.

Adrián Santana Asenjo, contemplando su calera del Turuñuelo, en el Cordel de Hornachuelos, ha tenido la amabilidad de atenderme exquisitamente y darme información imprescindible para el desarrollo de este artículo. Recuerda con cariño y afecto a su padre Manuel Santana, a su hermano Eduardo, a sus tíos José, Manolo, Antonio y Juan, a Adrián Asenjo, al padre de Antonio Villanueva y su hermano Jesús. Me nombra muy animado a Ramón Martínez Saravia, diciéndome cómo trabaja ilusionado en su pequeña calera de El Canchal, e igualmente a Juan Antonio Martínez Saravia, que trabaja la suya en Almenara. Todos ellos pertenecientes a una misma familia. Me comenta con nostalgia y angustia, su vocación por este trabajo y cómo desaparecerán los caleros con él y con sus primos. Aparte de su familia, me recuerda cómo también hubo otros, que dedicaron total o parcialmente su vida a la cal, como Celedonio “El Calero” y su hijo.

Del mismo modo me comenta cómo la pintura blanca y no las máquinas machacadoras con mandíbulas y los hornos continuos o plantas fabricantes de cal, ha sido la que ha acabado con esta labor en nuestro pueblo. Nunca- me dice- nuestra cal ha tenido competencia y siempre nos hemos autoabastecido.

El hecho de ser construcciones de valor antropológico e histórico vinculadas a actividades tradicionales, convierten a las caleras en reliquias vivas que deberíamos catalogar como monumentos históricos y bienes de interés cultural de nuestro pueblo.

Me permito hacer desde aquí dos llamamientos:

A todos los propietarios de fincas o parcelas que tengan una calera, para que la valoren, la conserven y sean conscientes que tienen allí un monumento que, lejos de quitarle, le aporta valor.

A nuestro Ayuntamiento, para que se impliquen en la confección de un itinerario turístico, que de a conocer a nuestro pueblo, en todas las ferias de turismo, en internet, etc…, como una ruta rural de la Sierra Norte de Sevilla, que incluya iglesias, ermitas, castillo, pilas, museo, aceituna y cooperativa, sandingas, artesanos locales, molinos de agua y caleras.

Hoy, la restauración del Molino de Sofio, sugerida en esta revista en el año 2.007, y el mantenimiento de una o dos caleras, visitables y bien conservadas, es posible, gracias a que están con nosotros, Vicente Casado García y Adrián Santana Asenjo, y están dispuestos a colaborar desinteresadamente en la empresa. Mañana, por ley de vida, puede ser tarde, y la culpa la tendrán los que ahora están en condiciones de tomar esta decisión.

Y, todo ello con un fin último, que nuestro pueblo no pierda su rica identidad y pueda disponer junto a su riqueza arquitectónica y urbana, materiales audiovisuales, museos, cuadernos de trabajo (para escolares y visitantes), la posibilidad de recuperar estas tecnologías que ya pertenecen al pasado de nuestra cultura.


José María Rodríguez Sorroche, 2.009.