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Murió el 16 de Mayo de 1.974, en la Residencia de García Morato (hoy Hospital Virgen del Rocío) de Sevilla. Fueron a su sepelio incontables personas en coches particulares, aparte fletaron un autobús. Todos los asistentes, se deshacían en elogios sobre la vida de D. Pedro.

Su primera plaza de maestro se la concedieron en Córdoba, la segunda en Villanueva del Río y Minas (pueblo de su padre), fue a tomar posesión acompañado de su primo José Mantero Silvas, y cuenta éste que para llegar, precisaron dos días y lo hicieron en un tren de mercancías.

Dejó un grato recuerdo a todos los que le conocimos y vivimos el ejercicio impecable de sus profesiones y su vida familiar.

Como maestro utilizaba una metodología activa y participativa donde el trato era totalmente igualitario, el castigo físico, tónica general de la época, no tenían sitio en su aula, y como “practicante”, rezumaba humildad, comprensión y cariño en todas sus actuaciones profesionales con una constancia incomparables.

Algunos recreos los tenía que dedicar a las urgencias, casi en su totalidad gratis, pues, todo el trabajo que realizaba era poco para colmar su soberbia humanidad y poder llevar la familia numerosa que tan admirablemente mantenía y educó.

Por méritos propios, se erigió en mediador de conflictos entre maestros, conocidos y amigos. Los que le conocieron manifiestan que, siempre que había un problema, se acordaban de él para su solución. Demostró en esto y en toda su vida que fue un hombre de Paz.

El que fuera director del Colegio, Ludgardo García Fuentes, hoy profesor de Historia de la Economía de la Facultad de Económicas de Sevilla, me comenta cómo se emociona al recordarlo, y me manifiesta: “Sus hijos no se pueden imaginar que yo me acuerde de él, casi a diario, después de 40 años.” “Doy gracias a Dios por haber conocido a esta persona.”

Cuenta cómo siendo director, le tocó a D. Pedro un grupo conflictivo. Un día tuvo que entrar y vio a dos niños “espadeando” y le preguntó: Pedro, ¿Esto qué es?, y le respondió: “Están divirtiéndose”, y se dirigió a los niños diciéndoles: “¡Niños: estar calladitos!” El motivo de esta actitud era que los alumnos le querían tanto, él quería tanto a los niños, que era incapaz de pegar o reñir.

Su personalidad estuvo catalizada por su profundo sentido religioso, era de Adoración Nocturna. Comenta su hija Josefita, cómo durante las comidas siempre decía un piropo para la cocinera, y cómo los domingos, después de rezar en familia, los hijos quedaban muy serios y para romper el hielo decía: ”Vamos a echarnos un serio”

La talla de su personalidad la demostraba a diario en un tiempo en que la Seguridad Social era un privilegio de muy pocos, las pensiones eran desconocidas o mínimas, y en que las necesidades y estrecheces eran la tónica general de la población. Él, D. Pedro, atendió a muchos enfermos a los que no solo no le cobró por sus servicios, sino que les pagó de su bolsillo las inyecciones y medicamentos que precisaron, a veces con la condición de pagarles cuando estuvieran bien (sabiendo claramente que no lo harían). Los numerosos familiares, amigos y pacientes que fueron al Hospital el día de su fallecimiento y que anteriormente he hecho alusión, comentaban incontables casos.

Podemos enumerar múltiples casos concretos como el de Felipe “El Vila”, al que no sólo le atendió sanitariamente durante varios años de forma gratuita, sino que le pagaba mensualmente el pan que consumía toda su familia numerosa. También las atenciones al carpintero Manolo el de Visita, Félix, vecino del Castillo, cuenta que le ponía las inyecciones y como no podía pagarle, siempre le decía: “No hay prisa en pagar”, o el caso de “El Conejo” y su madre, que preguntaba siempre por Pepa, (madre de Pedro Medina) y no podía reprimir recordar las visitas, atenciones y grandeza moral de su hijo…

Para sus familiares fue siempre el confidente de los asuntos delicados, la garantía de la objetividad y humanidad; la eficacia de sus opiniones hacían que consultarlo resultase casi imprescindible.

Cuando decidió irse a Sevilla para facilitar la incorporación a la vida estudiantil y laboral de sus hijos, le hicieron un homenaje como despedida en el Colegio. Al final del mismo comentó: “La mayor satisfacción que llevo del pueblo es que no dejo ningún enemigo”.

Fijó su domicilio en la Carretera Su Eminencia nº 17. Su espíritu bondadoso y su gran corazón, lejos de cambiar, se afianzaron más aún, por eso, continuó beneficiando a su nuevo entorno con su misma actitud humanista y cristiana. Al llegar a Sevilla tuvo el gesto de ir a presentarse al otro practicante que ejercía en la misma zona, este comentó que era la primera vez en 20 años de trabajo que le habían demostrado compañerismo y no rivalidad. En su nuevo centro, el Colegio Santa Justa y Rufina, existía una fuerte división en dos grupos, actuó de mediador y fue respetado por todos.
Otra de sus múltiples cualidades era ser un gran observador, al presenciar tanto dolor y muertes en su profesión comentaba: “A veces pienso que quiero morir joven”, y cuando se le preguntaba ¿Por qué?, respondía: ”Para que me sientan más”.

De forma dramática murieron un primo suyo y por el dolor de su muerte, la madre del primo, su tía. La casa de esta familia vivió un estado de desesperación indescriptible. Al cabo de los años se casó el primo menor, hermano del anterior y lo celebraron en la misma casa. D. Pedro comentó: “Esta es la vida, las mismas personas y el mismo sitio, hace un tiempo lloraban y hoy bailan.”

La compenetración y el recíproco amor que profesaba a su mujer queda patente en mil anécdotas, narro una como ejemplo. El verano lo pasaba con sus hijos en el campo “La Vera”, de la familia Santana Silvas, todos los días iba D. Pedro al pueblo a poner las inyecciones y realizar su trabajo sanitario. Un día le encargó, su mujer Conchita, salchichón para cuando volviera, al regresar en la moto se percató que lo había perdido por el camino, en ese momento comentó a su mujer: “No te preocupes, seguro que se lo ha encontrado alguien a quién le hace más falta”.

La generosidad la demostraba constantemente. Me cuenta Angelita Santana Silvas, cómo en muchos momentos de apuros (estaban esperando vender unos cerdos, cereales, etc…) le pedían dinero e inmediatamente iba a por él. Luego no le recordaba la deuda y si le decía su madre Dulcenombre: “ Mira, que ya vamos a vender el grano, te pagaremos la semana que viene”, le respondía siempre: “¡Eso!, ¡no te preocupes, ya me lo pagaréis!”

Su honestidad llegaba a tal extremo que estando muy enfermo en la Cuz Roja, el respirador estaba fuera de servicio y lo llevaron a la Seguridad Social. Le subsanaron el problema y le mandaron factura con un importe de quinientas mil de las pesetas del año 1973. Lejos de plantear reclamación alguna, decidió pagar manifestando que lo haría vendiendo las propiedades que disponía. Al final no la pagó por las gestiones realizadas por un familiar suyo.

Gozó de un ocurrente y fino humor. Cuando alguien le preguntaba: ¿Cuántos hijos tienes? respondía: ¡Ni me acuerdo!, y así evitaba comentarios faltos de sensibilidad que estaba habituado a oír.

Tenía la facultad de dar la vuelta a las circunstancias más amargas y tristes y hacerte ver lo más bello de la vida. Lo tomaba todo con ironía y el mencionado buen humor y ante la dificultad siempre decía: “Se hará lo que se pueda”

A pesar de todo el bien que hizo, nunca se vanaglorió (ni él, ni sus familiares) de sus acciones. Por eso me pregunto: ¿Cuánto buenas acciones hizo y han quedado en el anonimato?

La fundación del Círculo Recreativo que lleva su nombre, fue fruto de su gestión. Hubo varias asambleas y siempre faltaba algún sector que las hacían inviables. Esto ocurrió hasta que fue él quien convocó, entonces vinieron todos. Estuvo de Presidente hasta el 31 de agosto de 1.968 y en las asambleas, ante la falta de otro contenido cultural, leía y comentaban algún artículo de los Estatutos.

Hay que agradecer al equipo del Círculo Recreativo, presidido por D. José Liñán Santana, que con fecha del 13 de marzo de 1.982, en Asamblea General de Socios, decidieran poner a la entidad el patronímico del que fue presidente intachable los años aludidos y así poder recordarlo los que le conocimos, amamos y admiramos.

Reivindico desde aquí, un lugar en nuestro callejero, para este inolvidable hombre, que trabajó en este pueblo sus mejores años, dejando una estela de cariño, humanidad y paz en todos los que le conocimos, y así poder perpetuar su memoria para orgullo de puebleños y familiares.

José María Rodríguez Sorroche. 2004